En
la escena en la cual Drácula (como Príncipe
Vlad) y Mina visitan el cinematógrafo en
el Londres de finales del siglo XIX, hay varios
momentos en los que destaca la pluralidad de significados
de la imagen. En primer lugar, y como comentario
general, parece necesario señalar que tanto
Drácula como el Cine son dos invenciones
que nacen con el final de siglo, y que podemos
ver simultáneamente en la secuencia. En
ambos mitos hay tanto una fachada caballeresca
como un trasfondo erótico (hay un momento
de la proyección en que se ve a una mujer
desnuda; y Drácula, en alguna de sus transformaciones
en bestia aparece practicando el sexo con Lucy).
La
única que puede romper esa imagen mítica
del vampiro y convertirlo en lo que realmente es
(un ser que vive por amor) es Mina. Por esta razón,
los primeros fotogramas del Príncipe Vlad
paseando por Londres se muestran con una cadencia
propia del cine mudo (con el sonido del proyector
de fondo); justo hasta que aparece su amada, Mina,
que es cuando la imagen vuelve a recuperar su velocidad
normal y el sonido vulva a ser real. El personaje
interpretado por Winona Ryder siente una inexplicable
atracción hacia ese príncipe; no sabe
que fue su amante varios siglos atrás, y
que él está precisamente ahí
por esa razón.
“He
recorrido océanos de tiempo por ti”
le dice Drácula a su amada. Desde la leyenda
que aparece al principio del filme hasta finales
del siglo XIX han pasado casi quinientos años.
Cuando el Príncipe le habla a Mina de cómo
perdió “a su mujer años atrás”,
en ésta aparece un sentimiento de familiaridad,
que se manifiesta continuando la historia que su
apuesto compañero le narra. Una leyenda que
justifica el título de la película
(…de Bram Stocker) ya que ésta profundiza
en el pasado del personaje creado por el escritor
británico y justifica sus actos. Lo más
poético del conjunto es que todo aquello
que mueve al vampiro está relacionado el
amor y el sentimiento de venganza causado por éste.
Es una historia épica en la cual un héroe
lucha por vengar la muerte de su amada. La diferencia
es que en esta ocasión el malvado es Dios,
y por tanto, para luchar contra él era necesaria
una transformación: la del hombre en vampiro.
Por
otra parte, Francis Ford Coppola juega continuamente
con el acto de la mirada. Hay un ejemplo claro en
lo que se refiere a Drácula. Como sabemos,
éste se puede convertir en cualquiera de
las bestias, a las que domina (lobos, perros, murciélagos,
ratas, etc.). En un momento ya comentado, durante
la transformación en lobo, Drácula
realiza el acto sexual con Lucy. Cuando Mina se
acerca a ver qué pasa, éste le dice:
“No me mires”. Y Mina ni siquiera se
da cuenta de lo que pasa. Sin embargo, cuando Drácula
aparece como Príncipe Vlad, dice a su amada
“Mírame ahora”, y ésta
entonces ya no puede desprenderse de él.
A
lo largo de la película cabe destacar la
continua presencia de formas elípticas: el
cuadro de los amantes, el túnel de tren,
las burbujas de absenta, etc. No es casual: la totalidad
del filme posee circularidad. La leyenda marca el
futuro. El pasado vuelve al presente: Mina renace,
Drácula quiere recuperar a su amor,…
todo se encuentra encerrado en el círculo
del destino. Como corroboración de lo que
argumentamos podemos decir que la película
finaliza con un travelling de acercamiento al retrato
elíptico de los amantes. Pero no cualquier
travelling, sino uno que se desplaza girando sobre
su propio eje, es decir, circularmente.